Entre el tablero y los antidepresivos
- Óscar Mauricio Moreno - omorenoo@javeriana.edu.co
- 7 jun 2017
- 11 Min. de lectura
Según la Federación Nacional de Educadores, Fecode, de los más de 360 mil maestros que están laborando en Colombia, se pensionan alrededor de 20.000 cada año. De los educadores que se pensionan a nivel nacional, entre 1288 y 1472 lo están haciendo por invalidez mental, únicamente en Bogotá. Este es un recorrido por el deterioro de la salud mental en los profesores de los colegios en Bogotá.

Docentes marchando en las jornadas de protesta // Fotografía tomada por: Óscar Moreno
Se acumula gente en la fila. Entre pacientes crónicos que necesitan sus medicamentos mensualmente, usuarios represados que vuelven por medicamentos no disponibles y nuevos enfermos, la aglomeración aumenta. “El micrófono no funcionaba y nos tocaba llamarlos gritando dos veces para que la gente reclamara sus medicamentos. Como la gente se la pasa con el celular chateando no pone atención cuando la llaman y los que no son reclamados se dejan en una cubeta para cuando vengan. Una señora apareció en la ventanilla reclamando los medicamentos de la mamá”, cuenta una auxiliar de 38 años, que trabajaba en la farmacia de la sede de Chapinero de AGM Salud.
AGM Salud es una cooperativa que organiza las contrataciones con la Fiduprevisora, fidusiaria que maneja el fondo prestacional de los sueldos, las pensiones y cesantías de los profesores vigilado por el Ministerio de Hacienda para Médicos Asociados (EPS que tienen los educadores de colegios distritales).
— ¡Cuánto hace que estoy aquí y nada que me llaman! —vociferó la señora perturbando más la turbia atmósfera de oficinas burocráticas.
— Señora, cálmese. Ya la habían llamado— le dijo la auxiliar mientras mandaba a un compañero a verificar que sus medicamentos estuvieran en la cubeta.
— ¡Qué no me han llamado!, —gritó exasperada mientras le daba un manotazo al vidrio de la ventanilla que las distancia y le cae a la auxiliar encima. Se rompió en un estruendo que asustó e hizo apartarse a los presentes. La auxiliar se había cortado la mano y el mentón —por fortuna se cubrió la cara ante el estrépito de cristal—. “Cuando llegó la Policía, ella y el oficial trataron de conciliar conmigo, pero yo demandé. No somos basura, somos personas igual que ella. La salud es pésima hoy y la gente es grosera con nosotros porque los productos no están y la gente viene porque le toca y si le dicen que no hay, obvio, se va a frustrar. A una compañera le escupieron una vez, a otra le tiraron la bolsa de medicamentos a la cara; nos dicen que somos unos tontos, que gracias a ellos nosotros comíamos. Solo éramos tres así que podrá imaginarse”.
Solo en este punto de atención, se reciben un promedio de 300 y 700 usuarios de la EPS al día y, aproximadamente, un 30% de las medicinas suministradas son relajantes y antidepresivos. La mayoría de los fármacos que se entregan aquí combaten la ansiedad y la hipertensión.
Las razones para que los servicios de un profesor ya no sean requeridos varían: porque cumplió el límite de la edad de jubilación (62 para los hombres y 57 para las mujeres) o de no cumplirlo, por invalidez laboral. Desde molestias en la garganta, dolor en las piernas y espalda, hasta menos frecuentes —accidentes o asuntos personales— son las causas de una jubilación temprana. Sin embargo, estas condiciones han perdido importancia ante la imposición progresiva de una condición que ha ido aumentando en los últimos 30 años: las enfermedades mentales que incluyen desde trastornos de ansiedad hasta el suicidio.
“Irritabilidad: lo que más les preocupa a ellos es que disminuye su paciencia, su capacidad para resistir ciertos estímulos que en el día a día afrontan. Entonces se tornan irritables, irascibles, no toleran a los estudiantes y eso se extrapola a su casa. Alteraciones en la funcionalidad global: lo que antes asumían en su cotidianidad, ya no lo hacen”, dice Clara Orozco, médica psiquiatra que trabaja con Médicos Asociados junto con otros siete psiquiatras desde hace doce años. De quince pacientes que ve al día, ocho son profesionales de la educación, la mayoría profesores.
“Cada vez que hay un problema dan ganas de tomarse todo el frasco”
“Trabajé diez años en el Agustín Fernández, que es catalogado como uno de los colegios de mayor violencia. Ahí operan dos bandas: los Luisitos y los Pascuales y ellos casi que tienen acciones en ese colegio. El anterior rector salió por amenazas y no sé cuántas profesoras se pensionaron por ansiedad. A mí me amenazaron porque el consumo es muy alto en esos colegios y yo hice unas denuncias con los niños de sexto porque prácticamente los de las bandas estaban consumiendo al lado del salón y los obligaban. Entre dos muchachos le pegan a otro para que empiece a vender”, dice Ailen Sierra, una profesora de artes de 48 años que, después de pasar un año incapacitada por un cuadro psiquiátrico, se reintegró en diciembre de 2016. Cuando mira fijamente, sus ojos se ponen vidriosos. Su voz se quiebra cada vez que recorre la sala. Parece que fuera a llorar.
En septiembre de 2015 presentó las denuncias con una carta. Llegó la mamá de uno de los muchachos: la sacó a las cinco de la tarde de un salón; necesitaba hablar con ella y con el rector.
—¡No quiero que trabaje aquí! ¡Le voy a volver nada la cara! ¡Se tiene que ir! —le dijo a la ya intimidada Ailen.
Esta pidió el apoyo de la policía para ir a su casa cerca de ahí. Por más de dos horas escuchó insultos. Sentir miedo no solo se volvió una constante desde el otro día que la trasladaron sino el ir a un supermercado, ir a visitar a los estudiantes.
“Empecé a sentir ansiedad. Vomitaba. Perdí la regularidad del sueño porque tenía que salir a las 4:00 de la mañana para clase de 6:10 a.m. en el colegio y a veces dormía menos de tres horas. Empecé a perder la confianza en mí misma; sentía trastorno, dolor de cabeza. Pasaba de la irritabilidad al llanto al punto de que me tuvieron que medicar. Finalmente, me diagnosticaron con un cuadro de ansiedad y depresión. Llevo un año y medio con medicación”, dice Ailen.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), ‘el síndrome de Bornout’, también conocido como ‘malestar docente’ es una de las causas más frecuentes que llevan al fracaso profesional de los profesores. Se caracteriza por un progresivo agotamiento, físico y mental; una falta de motivación para realizar las tareas y cambios en el comportamiento hacia los demás. Este síndrome se da con mayor frecuencia en trabajos relacionados con atención de terceros como docentes, personal sanitario o personas que trabajan en atención al cliente y pueden llevar a la baja laboral.
“La principal causa está constituida por sobrecarga laboral. El 90% de los que consultan aquí es porque sienten que están desarrollando demasiadas actividades: tiene muchos alumnos, deben llenar demasiados documentos y no disponen de unas condiciones de planta adecuadas. Se quejan de contaminación auditiva, del aire, y en algunos casos, expresan persecución por parte de las directivas del plantel: llámese coordinador o rector. Ellos mismo han sido objeto de ‘matoneo’ entre compañeros; han recibido amenazas y agresiones por parte de alumnos y padres de familia porque denuncian casos de abuso sexual, microtráfico. Los perseguidores suelen ser los padres de familia con amenazas, robos e incluso ataques físicos”. Dice la doctora mirando el sillón del consultorio: “El principal diagnóstico en el 90% de los casos es el trastorno mixto de ansiedad y depresión. Muchos de los maestros terminan yendo a medicina laboral, remitidos por psiquiatría. Terminan incapacitados y pensionados por invalidez. Del 100% al menos un 45% salen pensionados”.
Ailen empezó con dos controles en psiquiatría, en psicología, terapias físicas por la fibromialgia y terapia ocupacional (con la que aún continua), y fue recetada con Floatina líquida y Alprazolán para cuando tiene problemas de sueño. La reintegraron cuando le hicieron una evaluación por neurología. Se mudó a Cajicá y la trasladaron al colegio Nicolás Buenaventura en Cota donde recobró su sueldo habitual. Desde el 16 de febrero de 2016 hasta el 30 de enero de 2017 solo recibió un mínimo para subsistir (el 35% de lo que ganaba). “Tengo un seguimiento de terapia ocupacional porque sí hay una pérdida de capacidad de memoria y atención. Tú te formas para cumplir una función social: cuando a uno le gusta el arte a uno le gusta compartir y me gusta mi trabajo. Es más, yo soy quien solicita que me den la oportunidad de volver a trabajar. Pero hay veces que cuando hay un problema me dan ganas de tomarse todo el frasco”.
¿Cuántas manzanas carga el profesor?
“Es una pelea que llevamos años con el Estado: ¿cuántos estudiantes hay en un aula? Nosotros tenemos unos parámetros; por primera, cada profesor como mínimo, 35 estudiantes y por bachillerato tenemos 40 estudiantes. La ley no habla de máximos sino hala de mínimos. Hemos conocido casos de salones de 55, 60 estudiantes: es un abandono total a la calidad de la educación porque entre menos estudiantes haya a cargo de un profesor, él puede hacer un seguimiento más detallado. Si muchas veces no se los aguantan en la casa, imagíneselos a todos juntos en un salón de clase”, dice John William Castro, un profesor de ciencias sociales del colegio Tibabuyes Universal que, desde que comenzó a ejercer la docencia en 2007, ha sido el representante sindical en los colegios donde ha estado como miembro del sindicato de Fecode, el más grande del país con entre 26.000 y 30.000 miembros.
“Según la política educativa de nuestro país mientras más cosas haya en los colegios, mejores resultados vamos a obtener. Los profesores terminan con sobrecarga laboral porque tienen que ser responsables y hacer su trabajo. En el área de sociales nosotros tenemos que enseñar historia, geografía, ciencia política, economía, tradiciones religiosas, culturales, sobre democracia, tenemos a cargo el proyecto de educación de valores, la cátedra de estudios afrocolombianos, de emprendimiento, convivencia ciudadana, actividades de acompañamiento y evaluación, relación con los padres. El profesor es secretario, es psicólogo, es médico, es policía, hasta tiene que enseñarles a comer a sus estudiantes. Un montón de funciones que ni siquiera están claras. Si usted no tiene la habilidad para manejar toda está presión, usted termina loco”
El estrés laboral no solo es causado por el clima organizacional, sino también por la rutina. El poco prestigio social de la docencia crea un riesgo para la estabilidad mental: el aburrimiento de la rutina académica afecta la vida personal. “El imaginario social es que los profesores son unos ‘vagazos’ que tienen muchas vacaciones, que trabajan media jornada, que hacen muy poco, pero si usted se pone a mirar tienen un montón de funciones y, aparte de eso, como reciben una remuneración tan baja, tienen que buscarse otras salidas económicas. Muchos profesores tienen que montar la tiendita de barrio y las profes en el descanso venden productos de su revista de AVON: usted con dos trabajos o con tres trabajos termina enfermo mentalmente”, dice John Castro.
Según cifras del Observatorio Laboral, para el 2014 un maestro gana en Colombia en promedio $1’289.975, a veces más, a veces menos. Un promedio 30% más bajo en comparación de otros sueldos de empleados del Estado, establece un estudio realizado por Fecode con la Universidad Nacional en 2015.
“Yo ganaba $3’200.000 y salgo pensionada con el 75% porque para salir con el 100%, que son como 96 puntos de incapacidad laboral, debes estar en cama y no poderte parar. Entregué todos los papeles en julio de 2015 y radiqué hace un mes ante secretaría. Toca apretarse el cinturón para asumir esa situación porque lo que fue, fue. Volver, ya no quería”, dice Yaneth Barón, una profesora de primaria de 53 años pensionada por síndrome ansioso-depresivo.
Desde 1999 no se sentía bien con su trabajo porque se había vuelto permisivo: dejar que los estudiantes no hicieran la tarea porque había problemas si dejaba que perdieran. “Sentía un cansancio total, no estaba nada motivada. No quería ir al colegio, tenía mucho miedo de regañar o zarandear a un niño, no comía, no dormía y si dormía tenía pesadillas con el colegio”. En mayo de 2015 fue incapacitada por cuatro meses debido a que no tuvo ninguna mejoría con Fluorcetina y Cloracepán, las terapias en la columna y el tratamiento para el colon. Volvió en enero a ejercer sin muchas ganas: “Entré por el salario y todo, pero me arrepentí tan pronto llegué al colegio. Solo estuve dos semanas. La doctora se puso muy brava por haber interrumpido la incapacidad”.

Apoyo de la sociedad civil a las moviliaciones de los maestros / Foto cortesía de Enrique Alfonso Vargas-FECODE.
De la clase para afuera
En una entrevista para El Espectador en el 2014, el exsecretario de educación Francisco Cajiao dijo: “Algunas depresiones pueden ser independientes de la formación docente. Los factores ambientales pueden ser detonantes. Hay situaciones en el entorno laboral que se vuelven insoportables, y si tiene baja autoestima, la enfermedad se desborda”.
Por su parte, dice William levantando las cejas para acomodarse las gafas: “En los últimos años hay una cultura que entiende que entre más evaluaciones haya, entre más seguimiento y control de cada actividad de los trabajadores, entonces mejores resultados se obtienen. Nosotros tenemos evaluación para entrar al Magisterio, en el período de prueba, evaluación anual de desempeño y evaluación si queremos ascender. Todo esto se ha prestado para que los rectores y los coordinadores traten de darle manejo a las instituciones y eso a veces se convierte en acoso laboral que estresa. Usted no se imagina la cantidad de tutelas, derechos de petición y seguimientos en control interno que tienen las instituciones educativas”.
Sin embargo, la presión por la evaluación no solo lo sufren los trabajadores, también los directivos: “El colegio ha entrado en una lógica de eficientismo: el director tiene que realizar planes de riesgo, documentación y medir los resultados trimestralmente para luego mejorar meta por meta. Debe lidiar con los padres, profesores, estudiantes y dificultades con la comunidad. Debe estar en reuniones permanentes con los equipos directivos y debe estar pendiente de las visitas de control interno, de Personería, como también de las quejas y derechos de petición”, dice Carlos Galán, rector de las tres jornadas del colegio Aquileo Parra y un jardín infantil.
—La envidia mata a los profesores. El que tiene iniciativa es presionado por los demás: ‘No sea sapo’ ‘¿para qué se esfuerza?’, —interrumpe su esposa, Anabelle, profesora de danza.
—En los colegios hay mucho chisme, mucho "correveidile" —retoma Carlos.
Carlos tuvo un episodio de cefalea aguda durante ocho días en el año 2000. Le recetaron encierro en un cuarto de la clínica Navarra con oscuridad total, sin poder usar el celular ni recibir visitas.
— En el 2000 había un rector por jornada, pero salió una ley para delegar la función de tres rectores en uno. Más de un rector se quedó ahí —intercede Anabelle— Practicamos yoga para liberarnos y aprendernos a amarnos a nosotros mismo para liberar la presión— concluye la esposa.
El marcador: del tablero a la pancarta
Las actividades de protesta se han dado desde el 11 de mayo de 2017 hasta el 6 de junio cuando se llevó a cabo una marcha llamada “Gran toma de Bogotá”. Mal contados, más de 60.000 profesores de Colombia y Bogotá (la sexta parte de todo el gremio) caminaron hasta la Plaza de Bolívar. Entre banderas de Colombia, camisetas de la selección, gritos y canciones se veían los carteles que impulsaban el pliego de peticiones de los docentes al gobierno: mejora de salarios, cambio de la jornada única y servicio de salud eficiente. “Nuestra defensa también es la la defensa de la educación pública y en la medida en la que nosotros tengamos unas mejores condiciones, pues vamos a tener una mejor educación en nuestro país” , concluye John.

Gran toma a Bogotá, 6 de junio // Fotografía cortesía de FECODE
La firma GM Abogados lleva a cabo actualmente seis procesos de control de reparación directa en demanda, por jurisdicción administrativa, con la Secretaría de Educación de Bogotá. “Lo que buscamos es reparar el perjuicio de afectación de salud (trastorno ansioso-depresivo) por omisión en el manual de salud ocupacional. Queremos lograr una indemnización de la Secretaría a los docentes porque el empleador no responde a medidas de seguridad en el trabajo y que logre encender las alarmas para que se tomen medidas preventivas”, dice María Clara Morales, una abogada de 26 años quien, junto con la firma, empezaron a llevar el primer proceso en el 2015 y es “cuestión de tiempo” para que empiecen a salir las sentencias después de las etapas probatorias
La batalla contra los complejos psicológicos de los maestros se mantiene en silencio. “Del 100% de profesores que se han pensionado, en un porcentaje bajísimo, tal vez hay un reintegro laboral del 5%. En doce años que he trabajado con Médicos Asociados he visto el reintegro de tres maestros. Hay una especie de estigma muy frecuente en la salud mental que hace que medicina laboral no permita el reintegro porque la persona padeció una enfermedad mental o porque está tomando un medicamento. Aducen que tuvo una enfermedad mental y eso lo lisió y que no puede reintegrarse mientras esté tomando un medicamento psiquiátrico. Termina siendo totalmente discriminatorio”, dice la doctora Clara. Nadie merece tener que ir a la clínica por lo que mejor hace. Sigo siendo persona, no lo hacen mis medicamentos. —concluye Ailen.