La fiesta de plomo en El Castillo se acabó
- Miguel Enrique París -
- 21 may 2018
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Tras la firma del acuerdo de paz, el conflicto armado en el municipio del Meta quedó solo en el recuerdo.

Henry Ramírez // Fotografía tomada por: Miguel París.
El municipio El Castillo fue creado por la necesidad de un lugar para los desplazados por el conflicto armado. Las personas empezaron a encontrar este territorio como la solución a su problema de desplazamiento, sin embargo, unos años más adelante, el municipio comenzó a ser abandonado debido a que la guerrilla empezó a asentarse en esta ubicación.
Un frente de las FARC se instauró en este territorio y algunos pobladores se unieron a este grupo armado, lo que convirtió a El Castillo en una zona roja en la que, día a día, se vivió el conflicto armado entre guerrillas, paramilitares, Ejército y narcotraficantes que infundieron miedo en la mayoría de las personas que llegaban al municipio, quienes no permanecían más de un día, y se veían obligados a buscar un nuevo refugio.
“Acá venía la gente para pasar el conflicto, pero como veían que esto llovía plomo todos los benditos días, duraban de un día a otro, porque les daba miedo oír sonar el plomo, o que ya venían los aviones a buscar al enemigo y eso eran bombardeos y todo. A la gente le daba miedo”, aseguró Necesar Urrea, uno de los fundadores de El Castillo.
La constante guerra en este municipio dejó cerca de mil muertos, más de 600 desaparecidos y 700 familias desplazadas. Sin embargo, Henry Ramírez, cura de El Castillo y de Medellín del Ariari le contó a Directo Bogotá que ya se han reconocido centenares de cadáveres. “Todavía nos falta más de la mitad. Lo que pasó aquí fue un genocidio, 450 de los que hemos recogido ya sería un genocidio para un porcentaje de población de no más de 15 mil habitantes.”
Tras este conflicto, pocos decidieron quedarse en este lugar. Pobladores como Necesar Urrea, lograron quedarse porque ya se acostumbraron a vivir el conflicto. “Uno como ya está enseñado a vivir eso sí se quedaba estable acá. Yo siempre he vivido acá pues yo no me voy a movilizar.”
Otro factor que lo ayudó a quedarse y sobrevivir, fue lo que él califica como su obediencia, es decir actuar de acuerdo a las peticiones de los grupos armados. “Abría por la mañana y desafortunadamente pasaba alguien y me decía “oiga hágame un favor, no abra hoy el negocio, porque va a haber una fiesta. La fiesta era pues plomo pa' allá donde está la policía, entonces yo no abría. Yo no tengo nada que mirar”.
En el 2012 llegaron las negociaciones de paz, y, aunque en pueblo la gente no creía que el acuerdo se estaba logrando, la iglesia no se rindió y organizó una pedagogía para explicar los puntos del acuerdo, y para hablar con integrantes de las FARC. Con quienes terminaron logrando un pacto social por la paz, que fue firmado por algunos líderes de organizaciones, según el cura Henry Ramírez.
“Llevamos unos años de tranquilidad muy sabrosos. No ha habido problema, no matan a nadie por nada de nada. Muere gente porque ya les toca morirse, pero no era como antes que antes mataban mucha gente. Antes había un entierro todos los días y los mataban y no se sabía por qué. En este momento no, está bueno gracias a Dios”, señaló Urrea desde la puerta de su negocio, ese mismo que hace unos años atrás permanecía cerrado debido a los fuertes enfrentamientos entre los grupos armados.